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… Sino con Mansedumbre y Caridad

La mansedumbre de los corderos se percibe con la intensidad del contraste, escenificado inmediatamente después por la ferocidad de los animales que les preceden. Cuando Juan revive de algún modo el mismo sueño en vísperas del desplazamiento del primer oratorio del Internado Eclesiástico a Valdocco; su reacción parece menos preparada y audaz que cuando tenía nueve años. Estamos en el segundo domingo de octubre de 1844: «Soñé que me veía en medio de una multitud de lobos, de cabras y cabritos, de corderos, ovejas, carneros, perros y pájaros. Todos juntos hacían un ruido, un clamor, o más bien un ruido diabólico que asustaría al más valiente. Yo quería huir…». (Fuentes Salesianas, 1241-1242).

La mansedumbre y la caridad que tiene que utilizar Juan aquí, deben ser, ante todo, una «metamorfosis» interior para él y para los que se convertirán no sólo en corderos, sino en pastores del rebaño, como se prefigura en el sueño de 1844 antes mencionado. Es un fruto maduro que viene de una larga gestación.

Es un fruto pascual. Es una mutación que no se improvisa y que requiere un largo aprendizaje, como lo fue para los 12 desde el primer encuentro con el Maestro en el lago de Galilea hasta la subida final a Jerusalén, y desde ese nuevo comienzo hasta «los confines de la tierra» a los que fueron enviados.

En el catecismo, solíamos aprender a distinguir entre las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad). Hay una combinación de naturaleza y gracia, de gracia y libertad, que permite que esta caridad que viene de lo alto se convierta en la energía que mueve nuestros pasos y llena las relaciones de una vitalidad en la que «como en el cielo» y «como en la tierra» se dan la mano.

Hay un artículo en las Constituciones de los Salesianos de Don Bosco dedicado enteramente al fundador. Art 21: «El Señor nos ha dado a Don Bosco como padre y maestro. Lo estudiamos e imitamos, admirando en él una espléndida armonía entre naturaleza y gracia. Profundamente humano y rico de las virtudes de su pueblo, estaba abierto a las realidades terrenas; profundamente hombre de Dios y lleno de los dones del Espíritu Santo, vivía ‘como si viera al invisible’ “(Hb. 11, 27). Estos dos aspectos se fundían en un proyecto de vida fuertemente unificado: el servicio a los jóvenes. Esta es la caridad para la que fue formado. ¿Por quién? Por la Providencia, a la que él respondió lo mejor que pudo, ayudándose en esta tarea de muchos, ante todo de aquellos lobos que se convirtieron en corderos: los jóvenes fueron los primeros formadores de Don Bosco, por gracia.

La mansedumbre de los corderos en el sueño, no es precisamente una imagen bucólica de tranquilidad, de jardín primaveral perfumado de flores. Si miramos el conjunto de la vida y de la misión de Don Bosco, en la realización de este sueño se trata más bien de un cordero y de un pastor con sabor bíblico.

Y en la Escritura, la palabra que explica e ilumina todas las demás es siempre la conclusiva, la que se deduce del misterio pascual, donde el pastor da su vida por las ovejas; ahí comprendemos el alcance de «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt. 5, 5): la cruz es la plenitud de esta profecía de bienaventuranza. Hay otra referencia a la mansedumbre en el mismo evangelio, aún más intensa, porque el Maestro se propone directamente a sí mismo como modelo, precisamente en este aspecto: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt. 11, 29).

La palabra utilizada en el griego de los evangelios y traducida al italiano como «manso» es PRAUS – praeis en plural. En la cultura griega era una de las virtudes más honradas, cuya lejana raíz procedía del mundo militar, y más concretamente, del empleo de caballos en él. PRAUS era el caballo bien adiestrado, tan dócil como vigoroso, dispuesto tanto a resistir durante larguísimos periodos de tiempo como a lanzarse al fragor de la batalla, obediente y fiel en todo a su jinete.

Cuando la señora del sueño, tan bella como cercana y maternal, pide a Juan que se haga humilde, fuerte y robusto, ¿no está apuntando en la misma dirección? ¿No es este tipo de resistencia paciente y audaz el que hará a Juan capaz de seguir caminando entre rosas y espinas y de seguir «hasta la temeridad», hasta su último aliento, en el «da mihi animas caetera tolle», que fue el lema de su vida?

Este es el modo de ser de Don Bosco que, con su corazón, con su mente y con toda su fuerza, hizo suyo este himno a la caridad, y lo puso en la base del Sistema Preventivo, cuando finalmente en 1877 se decidió a escribirlo, o mejor dicho a describir lo que ya llevaba años viviendo y enseñando a vivir. «La práctica de este sistema se basa toda ella en las palabras de San Pablo que dice: Charitas benigna est, patiens est; omnia suffert, omnia sperat, omnia sustinet” (“La caridad es benigna y paciente; todo lo sufre, todo lo espera y todo lo soporta”).

Dos estímulos para nosotros:

  1. Para los creyentes, la caridad es la plenitud de los dones de la Gracia del Señor y, por eso mismo, es objeto de deseo y de petición. Más que partir del esfuerzo, quizá incluso del desánimo por sentirse tan distantes y pobres, uno puede dejarse atraer, fascinar y conquistar por el valor y la belleza de este «espléndida virtud» y pedirla como una gracia. Es una gracia de unidad, de armonía del corazón en sintonía con las mociones del Espíritu, que crecerá con nosotros junto con este deseo, en el que también podemos implicar en la oración a nuestros santos, empezando por San Juan Bosco. No olvidemos que a él se le puede rezar tanto como admirar.
  2. La caridad no es un esquema, sino que es el corazón de todo; a ella recurrimos constantemente, como el origen y la meta de cualquier otro paso que demos (como lo es la Eucaristía). Cualquiera que sea el punto en el que nos encontremos y «el punto en el que se encuentra la libertad» de las personas a las que acompañamos, siempre podemos partir de la caridad y caminar desde ella. No hay publicano al fondo del templo al que no se pueda escuchar, ni ladrón en la cruz al que se le impida el Paraíso, ni samaritana en el pozo a la que se le impida el encuentro. No hay Bartolomé Garelli en la sacristía el 8 de diciembre de 1841, o Miguel Magone en la estación de Carmagnola, que no estén en el lugar adecuado, en el momento adecuado, si hay un poco de la caridad de Don Bosco al otro lado, entonces como ahora. Tenemos siempre como meta, nada más y nada menos, que la Caridad, y de ella partimos siempre, que es lo mismo que partir de la plenitud de la vida en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, AMEN.

    Silvio Roggia SDB

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